viernes, 19 de marzo de 2010
Siempre hay porque continuar
Desde hace años he querido escribir lo que siento, lo que recuerdo y còmo todo ha podido ir cambiando poco a poco. Nunca tuve la oportunidad de decidir cuando entregar mi ser a una persona amada, esa oportunidad me fue robada muy pequeña. Los niños deben sonreir, ser felices, sentir confianza pero ese no era mi caso. Yo vivìa en una casa donde todo era mentira, lo que la gente veìa no era la verdad, dentro pasaban cosas que no deberìan de pasar en ninguna casa. Me criè con mi papà, mi mamà y mis hermanos, mi papà el eterno ausente, èl sabìa todo pero nunca dijo nada, mi mamà con dos caras, por un lado emancipada por quien jurò amarla y por otro siempre logrò sacar toda la furia que sentìa, la sacò contra nosotros, mis hermanos espectadores. Mi gran pecado, nacer mujer, creo que yo era el reflejo de toda su vida, de lo que ella nunca tuvo, de lo que ella deseaba hacerle a otros, yo era lo que màs odiaba y lo que mas amaba, esa mezcla fatal fue lo que sellò mi sentencia. Vivì siempre en un teatro en el cual yo era la primera actriz, la principal y la mejor porque nunca nadie se enterò de nada, años despuès comencè a buscar ayuda, acudì a diferentes lugares especializados en atenciòn a sobrevivientes, años de terapia me ayudaron a recordar y a superar todo aquello en lo cual no querìa pensar. Familiares y amigos se convirtieron en los còmplices de un silencio que debiò haber sido un grito por justicia. Mi grito logrò surgir años despuès y convertì mi dolor en esperanza, mis recuerdos en enseñanzas del pasado, mi terror se convirtiò en fortaleza. Ahora deseo ayudar compartiendo mis experiencias pero principalmente todo lo que he aprendido en este proceso de restauraciòn, estoy convencida de que hablar, en este caso escribir, contribuye a la sanaciòn. Fe y esperanza hay en mi corazòn y este espacio pretende ser lo mismo para todos aquellos que requieran una palabra de aliento.
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